Villa de Cigudosa (Soria)
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   Antonio Machado, un poeta enamorado de soria


  Poeta y prosista español, perteneciente al movimiento literario conocido como generación del 98.

  Probablemente sea el poeta de su época que más se lee todavía. Nació en Sevilla en 1875 y vivió luego en Madrid, donde estudió. En 1893 publicó sus primeros escritos en prosa, mientras que sus primeros poemas aparecieron en 1901. Viajó a París en 1899, ciudad que volvió a visitar en 1902, año en el que conoció a Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida. En Madrid, por esas mismas fechas conoció a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados escritores con los que mantuvo una estrecha amistad. Fue catedrático de Francés, y se casó con Leonor Izquierdo, que morirá en 1912. En 1927 fue elegido miembro de la Real Academia Española de la lengua.

 En 1907, el 4 de mayo se traslada a Soria. Soria era una capital pequeña, de apenas siete mil habitantes. Se instaló en la pensión que don Isidro Martínez y doña Regina Cuevas tenían en la calle del Collado. Apenas permanece tres días, los necesarios para tomar posesión de la cátedra y para un primer conocimiento de la ciudad. Situada a más de dos mil metros de altitud, sobre dos colinas, a la orilla del Duero, rodeada de árboles —álamos, olmos…—, con sus casas de color rojizo, es una ciudad de aspecto austero y recogido.
 

  Una fortaleza en ruinas —hoy rehabilitada como Parador Nacional— sobre una de las colinas domina las pequeñas calles, bordeadas de casas de piedra labrada, muchas de ellas antiguas casas señoriales. Bellos monumentos dan a la ciudad gran valor artístico. Abajo, siguiendo la orilla del río, un camino umbroso va desde San Polo a la ermita de San Saturio, patrono de la ciudad. En la misma orilla, una corona de cipreses rodea la vieja iglesia de los Templarios.

  Esta primera visita motivará el primer poema de tema soriano, Orillas del Duero.

  Tras tomar posesión de la cátedra, vuelve a Madrid, donde, durante el verano, puede revisar de cerca la edición de sus Soledades, Galerías, Otros Poemas por la revista “Renacimiento”, que dirige el matrimonio Martínez Sierra.

  Vuelve a Soria en octubre y se instala en la misma pensión. De las amistades hechas en aquellos años, cabe destacar la de José María Palacio, redactor del periódico local “Tierra Soriana”, en cuyas páginas colaboró el poeta, tanto con artículos como con poemas. A Palacio dedicaría, años más tarde, desde Baeza, uno de sus más bellos poemas.

  En diciembre, los dueños de la pensión deciden cerrarla y el poeta se traslada a la que regentan don Ceferino Izquierdo y doña Isabel Cuevas, hermana de doña Regina. Con el matrimonio viven sus tres hijos. La mayor, Leonor, apenas tiene por entonces trece años. Según algunos testimonios, no tardó en enamorarse de ella, aunque no se decidió hasta que estuvo seguro o adivinó que podía corresponderle. Después de muchas dudas y vacilaciones, comunicó a su madre, doña Ana, el amor que sentía por Leonor, y su deseo de casarse con ella. Con el visto bueno de los padres comenzaría el noviazgo a fines de 1908 o comienzos de 1909. El 30 de julio de 1909 se celebró la boda en la iglesia de Nuestra Señora la mayor, de Soria. La ceremonia, con el paseo hasta la iglesia, la curiosidad de los vecinos e, incluso, algún incidente (quizá una “típica” cencerrada), fueron un suplicio para el poeta, de natural poco amigo de exhibicionismos.

  Los años que transcurrieron hasta la muerte de Leonor (el 1 de agosto de 1912) fueron, seguramente, los únicos verdaderamente dichosos en la vida del poeta. En una carta dirigida muchos años después desde Segovia a don Pedro Chico, que habitó en la misma casa soriana, escribe: «Si la felicidad es algo posible y real —lo que a veces pienso— yo la identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer, cuyo recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu». Fue sin duda Soria la tierra donde encontró el verdadero amor, y de sus paisajes y costrumbres se enamoró como relatan algunos de sus mejores y más famosos poemas.

 Más tarde, durante los años veinte y treinta escribió teatro en compañía de su hermano, también poeta, Manuel, estrenando varias obras entre las que destacan La Lola se va a los puertos, de 1929, y La duquesa de Benamejí, de 1931. Cuando estalló la Guerra Civil española estaba en Madrid. Posteriormente se trasladó a Valencia, y Barcelona, y en enero de 1939 se exilió al pueblo francés de Colliure, donde murió en febrero.

 
 
Poema CAMPOS DE SORIA

I

   
Es la tierra de Soria, árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbes olorosas
sus diminutas margaritas blancas.

    La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.

   

II

       
Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde oscuro en que el merino pasta,
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegra de infantil Arcadia.

    En los chopos lejanos del camino,
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor -las nuevas hojas-
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.

       

III

       
Es el campo ondulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas,
que el lienzo de oro del ocaso manchan.

    Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuídos por montes de violeta,
con las cumbre de nieve sonrosada.

       

IV

                                                                                                                                                                                                         
¡Las figuras del campo sobre el cielo!
Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;
y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.
Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan.

                                                                                           

V

       
La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.
El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

    La nieve sobre el campo y los caminos
cayendo está como sobre una fosa.
Un viejo acurrucado tiembla y tose
cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.

    Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.

    En torno al fuego hay un lugar vacío,
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
-tal el golpe de un hacha sobre un leño-.

    La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.

    La niña piensa que en los verdes prados
ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.

       

VI

                                                                                                                                       
¡Soria fría, Soria pura ,
cabeza de Extremadura ,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!

   ¡Muerta ciudad de señores,
soldados o cazadores;
de portales con escudos
con cien linajes hidalgos,
de glagos flacos y agudos,
y de famélicos galgos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!

   ¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.
                                                             

VII

                                                                                                                                       
¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

                                                             

 VIII

   
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.

    Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

    ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

   

 IX

                                                                                                                                       
¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita,
me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gente del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!
       
      Antonio Machado, Campos de Castilla
 
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